El destino

Hoy es de esos días en los que sabes que todo depende de cómo se levante el destino. Ése que lleva un mes jugando a ser dios con todos nosotros. Un dios que disfruta demostrando lo destructivo y castigador que puede llegar a ser con los indefensos. Jamás imaginé que alguien pudiera deleitarse martirizando con tanta crueldad a quienes estamos abandonados a nuestra suerte.

Le he visto venir desde lo que pudiera ser considerado una especie de refugio seguro. Venía directo hacia donde yo me encontraba. Podía haberme agazapado hasta transformarme en invisible como he hecho en otras ocasiones. En lugar de eso avancé a su encuentro esperando que la llave para salir estuviera allí y pudiera dejar de esconderme. Lo hice con paso firme y decidido, sin miedo, desafiante, sin apartar la vista de él.

Yo que los días, desde que estoy aquí, los cuento por batallas donde lo importante no es quien obtiene la victoria sino llegar a ese punto en el que, aún sabiéndome perdedor de antemano, nada ni nadie puede colgarme el cartel de derrotado.

Con mi actitud llamé su atención tal y como pretendía. Él fue consciente de mi osadía y me colocó en su punto de mira. Vino directo a mi encuentro pisando con tal fuerza que hasta la tierra por la que caminaba temblaba de miedo.

Fue entonces cuando comprendí que había sido un perfecto imbécil dejándome llevar por una arrogancia tan inoportuna como estúpida, cuyo precio iba a ser excesivamente caro.

El destino no era más que un hombre, la máxima autoridad en aquel campo de exterminio donde estábamos recluidos. En ese momento supe que solo me quedaba rezar implorando, a quien pudiera escucharme, para que el número que me habían tatuado en el antebrazo no hubiera resultado agraciado con el premio que aquel militar llevaba en la mano.

Galiana

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