Decisiones pasadas

¿Qué hicimos con el futuro? Es la pregunta que me martillea la cabeza desde hace algunos días. Dudo si compartirla contigo porque me da pánico la respuesta que puedas darme.

Al final me he armado de valor y lo he hecho mientras desayunamos en la terraza, con ese sol de mañana que calienta lo suficiente como para sentarse a disfrutar de un café con tostadas y una rebeca de lana ligera.

Al escuchar mi pregunta me has mirado. Te has tomado una pausa, que a mí se me ha hecho eterna, y has respondido con cara “de sobra sabes que no debemos hablar de ese tema” antes de soltar:

-¿Querrás decir con el pasado?

El pasado al que te refiere es ése que destrozamos hace años para asegurarles el hoy a los nuestros. Hicimos lo que hicimos parapetados tras un “Es por su bien. Lo estamos haciendo por ellos”

Siempre me ha sonado obscena la frase “Es por tu bien” acompañada de un hacer algo. Obscena porque el contenido de la misma es cien por cien egoísta. En el fondo lo que estás haciendo es porque te beneficia a ti más que a quienes tratas de ayudar, es más hasta es posible que el bien que hacemos por el otro no se acerque para nada a la b de bien.

Mientras pienso en el pasado, en lo que hicimos, remuevo el café y me quedo absorta en los círculos que soy capaz de hacer con la cucharilla.

Agradezco que una bandada de pájaros pase lo suficientemente cerca como para romper el silencio que está sentado a la mesa del desayuno.

De repente me sueltas una pregunta a sabiendas que no quedaría en el aire.

-El pasado mejor ni tocarlo, además ¿Quién se acuerda ya de aquello?

Aquello, aquello que te parece estar en un pasado lejano está aquí en el presente que todos vivimos día a día. Aquello continúa estando reflejado en los ojos de quienes tuvieron que soportar que hiciéramos lo que hicimos por su bien, en esa infelicidad que irradian constantemente y que se te mete en las entrañas hasta hacerte sacar la culpa que llevamos dentro y nunca nos ha abandonado.

Somos culpables de haber actuado para tapar una mentira que provocaría un escándalo. Una mentira que venía de un pasado mucho más lejano y que condicionó el presente del que nos deshicimos con otra mentira para asegurar nuestro futuro, no el de ellos. Con aquella mentira de sobra sabíamos que les condenaríamos a amarse en secreto y por separado. Desde entonces ambos viven en la profundidad del miedo que da pensar que alguien pueda volver a descubrir que los sentimientos siguen ahí, que por mucho que hacen para enterrarlos vuelven a resurgir cada vez que se ven en la obligación de compartir un segundo de sus vidas.

Dejo de mover el café. Me pongo aceite en la tostada, mientras me la llevo a la boca acompañada por tus palabras hirientes.

-No sé porque vuelves con eso, cado uno ha rehecho sus vidas, han formado sus respectivas familias. Hicimos lo correcto, lo que debíamos hacer.

No me atrevo a gritarte lo que pienso porque segura estoy que perdería las formas y arruinaría algo más que el desayuno.

Nadie me puede quitar de la cabeza, a pesar de los años transcurridos, que no teníamos derecho a seguir ocultándoles a nuestros hijos que nunca fueron hermanos, que podían amarse libremente porque entre ellos no había ningún lazo de consanguineidad a pesar de que el registro civil dijera otra cosa.

Galiana

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