La cantante

De forma excepcional hoy no publicamos un micro-relato que acompañe a la foto, hemos optado por la forma relato algo más largo.

Cantante 1 con filtro

Llevaba meses acudiendo, cada noche, a un antro de mala muerte para ver como, entre trago y trago, ella cantaba con su voz rota; donde me regalaba su guante y sobre mi mejilla depositaba un beso de carmín.

Mujer de mediana edad, de ésas que aún conservan el espectacular físico de su juventud, pero su rostro refleja las marcas de quien conoce la amargura que dejan los sueños rotos.

El lápiz labial rojo intenso al final de la actuación queda extendido por la comisura de su boca, pues a medida que va avanzando la función pierde las formas propias del decoro fruto del alcohol que ingiere y que la lleva a restregarla con lo primero que tiene a mano.

El espectáculo comienza con la melodía de un piano acompañado de una voz sugerente, atractiva, cautivadora, de ésas que envuelven, que atrapan, que hechizan. Faltaría a la verdad si no dijera que la última canción es más un recitar de versos descompasados que tratan de ocultar unas cuerdas vocales que solo saben de derrotas.

A pesar de todo lo patético que puede parecer, el público la obliga a un bis y otro bis en medio de gritos y aplausos enfervorecidos. Ella sabe que un trago más lo arruinaría todo y necesita beber para continuar cantando, así que opta por la retirada porque sus tacones de aguja ya han alcanzado el nivel de alcohol suficiente para sostenerla y se niega a que la saquen de escena en volandas.

Es ese aire de gran diva lo que me lleva a pensar que en otro tiempo, bajo otro nombre, debió ser una gran artista. Una diosa con camerino propio, lleno de flores, de regalos de admiradores que esperaban tras la puerta deseosos de que les firmará un autógrafo con un beso o una caída de párpados tras los que ocultar unos intensos ojos verde esmeralda.

La última vez que fui a ver su actuación no sé en qué momento me creí un héroe con derecho a salvarla de esa sordidez, de esa podredumbre espiritual a la que evidentemente no pertenece. Cuando fue a besarme en la mejilla busqué, inconsciente y desaforadamente, su boca. Ella me devolvió el beso, no podría decir el éxtasis en el que me encontraba, pero los murmullos cesaron y pude escuchar como nunca la música del pianista en la sala.

Ella volvió a subir al escenario como si mi beso no la hubiera causado ningún efecto pero sin dejar de clavar su mirada en mis ojos. Mientras se apartó de mí no entendí lo que me susurró, ahora lo recuerdo, sus palabras fueron:

-Lo siento

Sobre el escenario de nuevo, siguió interpretando el tema, de espaldas al público hasta el final del mismo. Al girarse para recibir los aplausos, como era habitual, las únicas palmas que sonaron fueron las de mis manos entremezcladas con un ensordecedor silencio.

Tenía el carmín de su boca derramado y el rímel le corría por las mejillas hasta el borde del rostro.

El pianista tocó una melodía más alegre para amenizar el momento, mientras ella abandonaba el escenario cubriéndose el rostro con las manos.

Me puse en pie y seguí aplaudiendo, sin entender lo que estaba sucediendo hasta que sentí como me arrastraban, violentamente, fuera del local por la puerta de atrás.

Aquellos individuos me arrojaron contra el suelo y comenzaron a golpearme el cuerpo a patadas. Intenté defenderme pero era inútil; debo reconocer que temí por mi vida. Yo que siempre he hecho gala de ser respetuoso y poco dado a la violencia estaba siendo apaleado en plena calle por dos matones de garito de medio pelo, sin siquiera conocer los motivos de ello.

En un momento dado las fuerzas me fallaron y perdí la consciencia, no sin antes escuchar una voz grave que decía:

-Haced que no le queden ganas de volver por aquí, y dejadle claro que ella es mía y no está a su alcance.

No sé cómo me las ingenié para mirar de reojo a quien pronunciaba aquellas palabras y reconocí al tipo hosco que, envuelto en humo, desde el rincón más recóndito de la barra del bar controlaba cada gesto de la artista.

De eso han pasado algunos días. Estoy despierto, convaleciente en la cama de un hospital, recuperándome de las muchas lesiones que aquellos tipos me causaron; la enfermera me ha traído el periódico y entonces lo he comprendido todo.

El rostro de ella viene en portada y mis ideas imaginarias sobre el pasado de ella han cobrado realidad, una tras otra, porque mi imaginación no se había apartado ni un ápice de la verdad. Había sido hallada muerta en un oscuro callejón, escondida entre los contenedores de basura; el titular rezaba que era una muñeca rota y que como tal había terminado sus días con una sobredosis de fármacos y alcohol.

Por fin he entendido que mujeres como ésa no necesitan héroes como yo porque siempre acaban con tipos desabridos, toscos y rudos como el que ordenó mi paliza.

Galiana

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