Asuntos de mujeres

galianay Meri 2014

 

 

Asuntos de mujeres

Estar en un evento social rodeada de personas que no conoces ni necesitas conocer no es lo que entiendo por pasar una tarde en sociedad, pero si a eso le añades el ingrediente que la organizadora del evento se te acerca muy sonriente a saludar y mientras te da dos besos te dice en el oído un:

-No sé qué haces aquí. Sígueme, discretamente, tenemos que hablar.

…convierte una reunión tremendamente aburrida en algo más interesante.

Estar allí no fue una de las mayores locuras que he cometido en mi vida. Es más, no creo que lo sea. Seguir a una mujer enfundada en un Chanel, que ni en sueños me puedo permitir, sin que se note por un salón abarrotado de gente desconocida para mí, que no para ella, tiene su aquel, no vamos a negarlo.

La mujer que llevaba delante desprendía fragancia a perfume caro, muy caro, sus tacones se clavaban en el suelo de madera con ese poderío de quien se sabe triunfador, aunque mi presencia allí indicaba más bien todo lo contrario.

Abrió una enorme puerta, yo aguardé unos minutos para hacer lo mismo. Me había pedido discreción y estaba dispuesta a concedérsela, al menos de momento. Siempre hay tiempo para montar un buen show aunque personalmente no soy muy partidaria de ellos.

Estaba apoyada, toda hierática, contra la mesa del enorme despacho. La estancia era tan grande como toda mi casa, y la butaca que me señaló para sentarme costaba más que todas mis pertenencias juntas.

-Prefiero no sentarme, no creo que usted y yo tengamos mucho de qué hablar. Las dos sabemos los motivos de mi presencia aquí, pero si quiere que los discutamos por mí encantada, aunque sinceramente esta escena me está sobrando.

-Como a mí tu presencia en mi casa

Que me tuteara me cabreó, sobre todo porque el usted es algo que se suele usar con las personas con las que no has compartido mesa y mantel y desde luego eso no había sucedido entre nosotras, aunque estuviéramos unidas por otras cuestiones.

-Para empezar, y dado que las dos sabemos que tengo derecho a estar aquí, si quiere que hablemos no tengo el más mínimo problema. El velatorio de su marido no es el lugar más idóneo para hacerlo, pero ha sido usted la que ha elegido el momento, lo cual me sugiere poco tacto por su parte.

-¿¡Cómo te atreves!?

-¿Quiere que dialoguemos? No estaría de más que fuera dejando esa pose de digna que entre nosotras no es necesaria, se vaya tragando ese orgullo tan suyo, y mantengamos una conversación con las reglas básicas de la misma.

-¿Nunca te enseñaron modales?

Era evidente que se sentía superior, y las personas que se creen por encima de otras me joden, sobre todo cuando a quien tratan de ningunear es a mí.

-Gracias a la educación que he recibido, por supuesto no en colegios elitistas como usted, modero mi vocabulario porque en la punta de la lengua tengo algunos calificativos que además de ser malsonantes serían los más apropiados para usted.

Hizo ademán de coger el teléfono, supuse que para llamar a sus “gorilas” y que me sacaran por la puerta de atrás

-Yo que usted no lo intentaba –cierto que puse tono amenazante, pero ella había querido que estuviéramos allí y no me iba a echar a la calle como a un perro en cuanto las cosas se le torcieran un poco– Si me echa de aquí el escándalo será de ésos que toda esa caterva de estirados que tiene ahí fuera no le van a perdonar. Las dos estamos en que no quiere que haga nada de eso, así que por el bien de todos mejor se sienta, se relaja, y empezamos esta charla, que para eso me ha traído hasta aquí. Por si necesita algo que la estimule a hacerlo piense que mi reputación alcanzaría enteros si la verdad saliera a la luz, pero la suya… dudo que pudiera vivir sin ella.

De sus ojos salió una mirada de ésas que fulminan, aunque ya estoy acostumbrada a personas que se creen con derecho a mirar así, por lo que le sostuve la mirada hasta que acabó bajando los ojos.

Supongo que en ese momento debió de arrepentirse de haberme hecho ir al despacho, con lo fácil que hubiera sido ignorarme los diez o veinte minutos que hubiera estado por allí. Quería ser la reina de la fiesta, iba a serlo, aunque no como ella imaginaba.

Las dos estábamos de pie, la una enfrente de la otra. Yo no tenía ganas de “sangre”. Ella me había invitado y no encontré motivos para rechazar su proposición. A ella, a pesar de toda su exquisita educación, lo único que le apetecía era sacarme de allí a patadas, y a ser posible sin ayuda.

Se hizo el silencio por lo menos durante un minuto. Mientras duró comprendí que me tocaba dar la primera, y luego parar las acometidas como buenamente pudiera, así que el golpe debía llevar la suficiente contundencia como para medio noquearla.

-¿De verdad pensó que no vendría al velatorio de su difunto marido?

-No imaginé que fueras a ser tan descarada.

-Sabía perfectamente que vendría, es más, hasta creo que me estaba esperando. Deseaba que lo hiciera, aquí estoy dispuesta a que tengamos una conversación, la conversación. ¿Por dónde empezamos?

Ella continuó callada, dejando claro que no iba a llevar la iniciativa.

-Hagamos un poco de historia, si le parece, más que nada porque su versión de los hechos y la mía no se parecen ni por asomo.

Le conocí hace poco más de un año, pudo haber sido mucho antes, las dos lo sabemos, pero fue cuando tuvo que ser. Nos presentó un amigo común. Como no creo en las casualidades, sé perfectamente quien le incitó a propiciar nuestro encuentro, es más, ambas sabemos quién lo organizó todo.

Siguió en silencio, dejando que yo relatara los hechos, sin negar ni oral ni verbalmente ninguna de mis palabras.

-¿Tal vez prefiera que me remonte a muchos años atrás?

La pregunta fue un golpe bajo, lo reconozco, pero me estaba cansando de esa pose imperturbable tan sumamente estudiada.

-Usted siempre supo de mi existencia, incluso antes de convertirse en su esposa, pero él era su trofeo, algo que enseñar a sus amigas, por lo que prefirió hacer como que no lo sabía y actuar en consecuencia.

Con su dinero compró los destinos en las diferentes embajadas, y gracias a eso le mantuvo lejos de mí durante años, prácticamente toda una vida. Sobre todo cuando supo que no podría tener descendencia, con lo que el sentimiento de verse abandonada o relegada a un segundo plano convirtió su vida en un infierno, en silencio, pero un infierno.

Fui lanzando una andanada tras otra. Todas directas al centro. Nunca he sido de evasivas, y no era el momento de sacar mi lado piadoso cuando ella no lo había sido durante años, ni con él, que había sido su marido, ni conmigo, ni con nadie.

Noté que apretaba las muelas, así que decidí seguir hurgando en la herida.

-Se ha pasado toda la vida pendiente de mí, sin que él lo supiera, eso sí. Eso no es fácil, siempre deja huella, incluso a alguien tan frío como usted.

Estoy enterada de cómo se las ingenió para que no me faltara de nada. Siempre temiendo que pudiera aparecer. Se ocupó de que tuviera, cuando llegó el momento, un trabajo digno, no porque mi obra fuera buena, que lo es, sino para que no buscara un mecenas y como su marido se dedicaba a la filantropía decidiera invertir en mis proyectos de forma casual.

¿Quiere que siga por ahí, o como ya se lo sabe me lo salto y voy directa al meollo de la cuestión?

Una bajada de parpados me hizo entender que mejor me saltaba esa parte e iba a lo que nos ocupaba.

-Usted provocó que nos presentarán, usted quiso que nos encontráramos, usted quiso hacerle pasar por aquel sufrimiento de darse cuenta que había estado alejado de mí, usted quiso que se sintiera culpable de no haber estado a mi lado, que no hubiera sido el padre que tuvo que haber sido.

Solo le faltó un detalle. Toda su lucha por mantenerme en la clandestinidad fue inútil, él no sabía de mi existencia, mi madre le dijo que me había ido por el retrete una mañana y él la creyó. Luego ella desapareció de su vida. Esas cosas pasan, ¿sabe?

Llegado a este punto, una sonrisa maquiavélica surgió en su rostro.

-Solo que se equivocó. Ese amigo común que nos presentó, ése en el que confiaba porque durante años había sido su perro fiel, el hombre que se había ocupado de mantenerme lejos pero con vida, la traicionó. Además, desde niña supe quien era mi padre, con lo que el factor sorpresa que usted imaginaba nos iba a desestabilizar a los dos nunca existió, al contrario, desde el minuto cero hubo complicidad, ésa que nunca quiso que hubiera.

Eso fue un derechazo en toda la mandíbula, que encajó como buenamente pudo, eso sí, intentando que no se notara.

La primera intención de mi padre fue pedir el divorcio, reconocerme como su hija legitima y presentarme en sociedad.

Un bonito final para mí, no voy a negarlo, pero yo nunca quise nada de eso. Las venganzas en caliente nunca salen bien, debería saberlo, así que mejor dejar las cosas como estaban y evitar malos ratos innecesarios.

Usted sabía que estaba enfermo, que se estaba muriendo, y quiso que lo hiciera con el mayor sufrimiento posible, pero no le salió bien. Pensó que yo ambicionaría una casa como ésta, una posición social como la que él podía ofrecerme, y en eso erró. Disfruté de la compañía de mi padre durante poco más de un año, gracias a sus burdas manipulaciones, pero con eso me conformo.

A la pregunta de qué hago aquí, en su velatorio, la respuesta es obvia, pero le agradezco me haya dejarlo decírselo en su cara.

Ahora puede llamar a sus “gorilas” y que me saquen por la puerta de atrás, o puede dejarme salir de este despacho por donde he entrado, usted decide.

Con su dedo índice, como si todavía controlara la situación, decidió el futuro de las dos. En ese momento saqué del bolso un papel firmado ante notario donde mi padre me reconocía como hija suya y heredera de sus bienes. Lo lancé al suelo.

-Pude romperlo en mil pedazos, quemarlo si le viene mejor. Pero desde luego tendrá que agacharse para recogerlo.

Se mordió el labio inferior, sin cambiar su rictus. Avanzó hacía donde estaba el documento y con todo el estilo que fue capaz de mantener hinco la rodilla para hacerse con el documento, doblando la cerviz como tenía que ser.

Me di la vuelta, abrí la puerta del despacho. Salí de allí sin esperar que se pusiera en pie. No cerré la puerta, ¿para qué? Clavé mis tacones en el suelo de madera, destilando fragancia a victoria. Me paseé entre aquel grupo de idiotas que estaban allí a presentarle sus respetos, algunos con la pretensión de consolar a una joven viuda, el resto para sacar provecho.

Abandoné el evento social con la cabeza erguida, sabiendo que era digna hija de mi padre. Eso sí, he guardado un as en la manga, tengo copia del escrito que mi padre firmó ante notario por si algún día pudiera hacerme falta.

Galiana

 

 

Anuncios

Acerca de Galiana

Escritora
Esta entrada fue publicada en Fotografía, Relatos y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s