Un futuro mejor I

borde pañuelo rojo

Todo comenzó la mañana en que Curro cobró el último subsidio por desempleo y decidió utilizar aquel dinero en su hija. Se fue a una de las tiendas más caras de la calle Serrano, y allí le compró el vestido y los zapatos más bonitos que encontró, usando a una de las dependientas de modelo porque se asemejaba físicamente a su hija. Eva había cumplido los 16 no hacía una semana, y en dos días se iba a graduar en el instituto con el mejor expediente académico del centro educativo.

Llego a casa antes que ella y la esperó sentado en el sillón, ni siquiera puso el agua a cocer en el fuego para preparar la sopa de fideos con sabor a caldo de pollo que proporcionaba la consabida pastilla.

Cuando llegó le enseñó lo que había adquirido para ella. Le pidió que se lo probara. Estaba preciosa. Le pidió que se duchara, se maquillara y se recogiera el pelo.

La chiquilla preguntó:

-¿Papá, vamos a una fiesta?

A lo que su padre le dijo:

-No hagas preguntas, y ponte el vestido, hazme caso.

Mientras Eva obedecía a su padre, Curro se fue vistiendo con el traje de las ocasiones especiales, ése que se puso hacía ya tres años para el funeral de la madre de Eva, el mismo que uso en el juicio cuando cerraron la fábrica donde trabajaba hacía un par de inviernos.

Una vez que padre e hija terminaron de vestirse se miraron en el espejo de la habitación.

-¿Estás preparada?

-¿Dónde vamos?

-Voy a pedir un taxi, no hagas preguntas.

-¿Un taxi? – dijo con sorpresa Eva.

-Pequeña, donde vamos hay que ir en taxi.

-¿Tan lejos está?

-Deja de preguntar de una vez.

-Ya sé lo que es, como ha sido mi cumple me llevas a celebrarlo a un sitio especial, pero… ¿podemos permitirnos todo esto?

No tuvo respuesta, Curro estaba pidiendo un taxi por teléfono.

El taxista les condujo por la ciudad hasta llegar a un barrio que Eva desconocía. Allí no había torres de viviendas, solo chalets enormes rodeados de vallas altas que apenas dejaban ver nada. Curro rompió su silencio para decirle a su hija que dejara de hacer preguntas, Eva se dio cuenta que su padre no iba a revelarle donde iba así que decidió mirar por la ventanilla e imaginar a qué tipo de fiesta la llevaba su padre.

Llegaron a una urbanización de ésas que tienen control de vigilancia en la entrada, les pidieron identificación.

-Mi nombre es Francisco Pérez, ella es mi hija, nos están esperando en el 15 de la calle Pasión.

-Un momento, por favor.

Un minuto después se levantó la barrera y el taxista continuó su camino hacia la dirección que curro le había indicado. El coche se paro delante de una enorme verja de hierro forjado que dejaba a la vista una casa enorme al fondo de un camino flanqueado por enormes sauces.

Curro se bajo del taxi y pulsó el timbre de entrada. La verja se abrió de forma automática y el taxista siguió avanzando bajo las ramas de los árboles hacía la casa. Paro en la entrada principal, se bajaron del coche y en lo que Eva se estiraba el vestido Curro pagó la carrera. El taxista dio la vuelta, por el espejo retrovisor vio como un hombre se acercaba a quienes habían sido sus pasajeros indicándoles que le siguieran, y percatándose que no entraban por la puerta principal.

Eva se detuvo para contemplar la belleza del jardín, pero su padre le dijo:

-Vamos hija, no te entretengas, nos están esperando y no debemos llegar tarde.

El jardín era una maravilla, pero al entrar en la casa Eva se dio cuenta del buen gusto con el que estaba decorada. Tentada estuvo de preguntarle a su padre sobre qué hacían allí, pero optó por callar al ver que él caminaba con la vista clavada en el suelo siguiendo los pasos del tipo del traje que había salido a recibirles.

Entraron en una habitación como el aula de danza a la que Eva había acudido desde niña hasta que cerraron la fábrica donde siempre había trabajado du padre. Recordó que su madre amaba el ballet, y siempre le decía que tenía cuerpo y aptitudes para ser una gran bailarina de clásico. Cuando ella enfermó fue su padre quien la acompañó. Hacía algo más de un año que no practicaba, que no apoyaba sus manos sobre la barra para hacer un plié. Pensó que iban a hacerle una prueba o algo parecido, y en su cabeza trató de recordar alguna de las coreografías aprendidas por si tenía que repetirla, aunque para ello debería quitarse los zapatos de tacón que llevaba. Tan absorta estaba en sus pensamientos que no se dio cuenta que el hombre del traje les había dejados solos, tampoco escuchó la voz de su padre llamándola la atención por pasar la mano por la barra mientras se miraba en el espejo, y mucho menos sintió que la puerta del fondo se abría. La voz seca y distante de una mujer la sacó de su ensimismamiento.

-Buenas tardes.

To be continued…

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Acerca de Galiana

Escritora
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2 respuestas a Un futuro mejor I

  1. Javier dijo:

    Uno se pone en la piel del padre, en la piel de la niña…en la situación vivida por el padre…en la candidez de la niña…en el desencanto del padre…en esas cosas sencillas que nos hacen la vida más soportable…Todo eso y más consigues reflejarlo en tu relato, Galiana. Y es lo más difícil de conseguir. Gracias por tu talento, y por compartirlo. Un abrazo muy grande.

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