Historia de una gatera

 

gatito lindo

Nos conocimos en la universidad, en distintas facultades, eso sí. Las fiestas en los Colegios Mayores deberían estar prohibidas o, mejor dicho, el usarlas como excusa para ejercer de “celestina” porque luego tienen consecuencias.

Apenas habíamos terminado la licenciatura cuando quisiste que tuviéramos una gran casa, de ésas que provocan envidias entre la familia, los amigos, los conocidos, e incluso los enemigos. La nuestra a fe que provocó todo eso y alguna que otra cosa más de infausto recuerdo.

Al poco tiempo quisiste que la llenáramos de hijos. Después de nadie sabe cuantos intentos los médicos dijeron que la perfección aburre, y descubriste que tu perfecta esposa no quería aburrir, y con aquel diagnostico dimos la cuestión por zanjada.

Aquella magnifica y fabulosa mansión tenía una enorme piscina, un buen día empezó por pudrirse el agua de la misma, primero con aquel olor a putrefacción que poco a poco se fue haciendo insoportable, y luego con aquel color tirando a verde que provocan las algas y la falta de cuidados e higiene. Los árboles del jardín se fueron secando, hasta que llegó una primavera en la que no brotaron yemas nuevas en las ramas, y a ninguno de los dos nos importó. Para entonces las eternas barbacoas de los fines de semana con la casa llena de gente ya habían pasado a ser historia. Finalmente, por no quedar no quedó ni la gatera que mandaste poner en la cocina para aquel minino que nunca tuvimos.

Cuando finalmente decidimos dar carpetazo a todo aquello, el ruido fue mucho más grande de lo que ambos hubiéramos deseado, y eso que somos más de sordina que de lanzar cohetes para los asuntos personales, pero, ya se sabe este tipo de cosas nunca se pueden controlar del todo.

La que peor lo llevó fue mi madre, y eso que nunca te miró bien. Me culpó del desastre, acusándome de no haber aceptado nunca mi papel de “mujer florero”, de querer ejercer mi profesión en lugar de jugar a “las casitas” como habían hecho todas las mujeres de su generación. Menos mal que paso la mayor parte del tiempo fuera del país porque no hay Navidad que no me salga con la cantinela.

Hacía tiempo que no te veía pero anoche coincidí contigo en uno de esos garitos oscuros, discretos y medio clandestinos, donde políticos y periodistas nos tomamos la penúltima, la siguiente ya sabemos que acabará en la habitación de un hotel no muy lejos de allí. No me viste, tampoco hice intención por qué así fuera. Estabas abrazado a una compañera de profesión, trabaja para el canal de televisión de la competencia. Sin meterme donde nadie me manda, deberías tener más cuidado con las compañías que eliges, esta chica es de las que lo enseña todo y no me refiero a las piernas y a su más que generoso escote, que también.

Saboreé el bourbon mientras te miraba, mi acompañante me preguntó si eras tú, y me encogí de hombros como diciendo: ¿Quién sabe? La luz es demasiado escasa como para confirmarlo, y estamos aquí para otra cosa.

Tentada estuve de apartar su boca de la mía para llamar a tu mujer. No, no es que le fuera a contar de tu aventura, ni siquiera el tiempo me ha convertido en esa clase de persona. Tan solo quería saber si en vuestra nueva casa hay una gatera en la puerta de la cocina, a pesar de que eres alérgico a micifuz. Hubiera sido una pregunta absurda, la respuesta la tenía ante mis ojos.

Galiana

 

 

 

 

 

 

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Fotografía, Relatos y etiquetada , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Historia de una gatera

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s