Regresando de las vacaciones

MARIO-MACARRA

Salir de casa un lunes para ir a trabajar, cuando todavía no ha amanecido, y después de un mes de vacaciones no es algo que le apetezca hacer a nadie, y mucho menos a la menda que al nacer me debí caer en la marmita del síndrome postvacacional.

Mientras bajaba en el ascensor pensaba:

-¡Con lo bien que se está de vacaciones!

Sin haber salido a la calle ya iba pensando en que la mesa estaría hasta arriba de expedientes acumulados que nadie habría resuelto por mí, ni tiene nadie por qué hacerlo.

En éstas estaba cuando al salir del portal, en un coche mal aparcado en la acera de enfrente de mi casa -ventajas de vivir en una calle estrecha- estaba apoyado contra la puerta del conductor un tipo de esos que quitan el hipo. Marlon Brando en “Un tranvía llamado deseo” no le llegaba ni a la suela del zapato. Con una visión así se te pone otro cuerpo, otro estar, y te sale esa sonrisilla que delata lo que estás pensando y que no dices porque es políticamente incorrecto:

-¡Qué tío más bueno, Dios!

Seguí mi camino en dirección a la boca del Metro sin parar a recrearme. Tentada estuve de volver la vista atrás, pero carezco del descaro natural de otras, así que me limité a calcular las horas de gimnasio que debía haber echado para moldear un cuerpo como ése.

Ya en el vagón me apoyé contra la pared del fondo. Me coloqué mis auriculares, le di a la música y levanté la mirada del teléfono. No me lo podía creer allí estaba él, con la mano levantada asiéndose a la barra del techo para no caerse.

Me quedé como hipnotizada sin apartar mis ojos de él, hasta que ese Pepito Grillo que todos llevamos dentro me dijo:

-¿Lo de ser más disimulada te lo has dejado en casa entre las sábanas esta mañana? Recuerda que llevas ocho años con un hombre maravilloso que es la envidia de todos.

Lo de mirar a un tipo como ése no, decididamente no es un pecado, ni se acerca de lejos a una infidelidad, pero si es cierto que debía ser algo menos descarada al mirarle.

Intenté, una y otra vez, a medida que el metro avanzaba de camino a la oficina, apartar mis ojos de él, pero me fue imposible.

De repente me di cuenta que él también me estaba mirando. Sentí ese rubor en las mejillas típico de cuando nos pillan en un renuncio.

No sé cómo pasó pero mantuvimos la mirada el uno en el otro por lo menos un par de estaciones, hasta que me di cuenta que aquellos ojos azules no me estaban diciendo que me encontraban atractiva. Me empezaron a dar miedo.

Entré en ese momento en que la paranoia se adueña de ti y comienzas a imaginar que el tipo te ha seguido desde casa, que en cuanto te descuides te roba el bolso, e incluso te puede pasar algo peor. El tipo que me había alegrado el comienzo del día podía convertirse en mi peor pesadilla.

Tanto pavor me hizo sentir que en la siguiente estación bajé del vagón y me metí en el siguiente, por aquello de despistarle. Cuando las puertas se cerraron respiré, el tipo ya era historia.

Vi un asiento libre. Al ir a sentarme un estudiante de instituto me empujó para poner su joven culo allí. Al tiempo que esto sucedía escuché una voz grave y varonil que decía:

-¿Desde cuando un caballero no le cede el asiento a una dama?

El chico abandonó sus intenciones. Me acomodé y al levantar la vista allí estaba él, el tipo guapo del coche, el que me estaba siguiendo desde casa. Las piernas me temblaron. No, aquello no podía estar pasándome a mí.

Bajé los ojos hasta que llegué a mi destino. Salí del Metro todo lo rápido que unos tacones de aguja y una falda estrecha te dejan caminar. No paré hasta llegar al edificio donde se encuentran las oficinas donde trabajo. Vi que el ordenanza estaba en su puesto y me sentí segura. Al entrar en el ascensor pensé, ahora una mano poderosa va a abrir las puertas y va a ser él, seguro. Nada de eso sucedió.

La mañana trascurrió entre contar mis vacaciones a los compañeros, y comprobar que el trabajo atrasado era tan descomunal como había imaginado. No volví a acordarme del tipo de la mañana.

Regresé a casa a la hora habitual. En el Metro pensé en que deberían prohibir los días de regreso vacacional porque atentan gravemente contra la salud de quien los sufre.

Al llegar al portal, y como siempre, tuve que pararme porque no encontraba las llaves, es lo que tienen los bolsos grandes, cabe de todo pero nunca encuentras nada cuando lo necesitas. Allí estaban, al ir a sacarlas no sé qué hice que se me cayeron al suelo.

Antes que pudiera agacharme a por ellas una mano de hombre se me adelantó. Mire. Allí estaba el tipo del coche, el que me había estado siguiendo en el Metro. ¿Qué iba a pasar ahora? Las llaves de mi casa estaban en sus manos.

Abrió el portal como si lo llevará haciendo toda la vida, sin equivocarse de llave ni esas cosas que suelen pasar en las películas.

-¿Cómo ha sido tu vuelta al trabajo, cariño? -Me dijo mi marido mientras me cogía por la cintura y me besaba.

-Me ha gustado el juego que se te ha ocurrido. ¿Podemos repetir mañana, amor? –Le contesté.

Galiana

PD. La fotografía está hecha por @JoseRaigal

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Acerca de Galiana

Escritora
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10 respuestas a Regresando de las vacaciones

  1. Bravo!!!!, por cierto, que tío más bueno!!!

  2. ununcuadio dijo:

    jajajaja, es buenísimo!!! Está super bien contado, y el final desternillante (tiene un aire chestertoniano a Manalive 😉 )

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