Neuronas de colores

Neuronas de colores

Siempre he escuchado que en la vida cuando algo de verdad tiene importancia es porque tiene color. Las situaciones teñidas de rojos en nada se parecen a las ocres, las vivencias en azul tienen tendencia a derivar al verde pero rara vez hacen el camino en sentido contrario. La gama de colores que nos ofrece la vida se mueve entre el blanco y el negro, pero entre medias se transita por un bucólico arcoíris de tal suerte que solemos recorrer la paleta entera de colores sin ser conscientes del hecho de pasar de uno a otro en cuestión de segundos.

Hoy al despertar todo es oscuridad, esa negrura de una casa en silencio mucho antes que llegue el alba. He saltado de la cama como si las sábanas estuvieran plagadas de esos asquerosos e invisibles animalitos que con sus picaduras te hacen rascar tu cuerpo con una agresividad brutal.

Una vez en pie fui consciente que la persiana de la ventana del dormitorio estaba levantada, como siempre. Me acerqué a tientas hasta ella para ver por qué no entraba a través del cristal la luz de la farola que, desde la fachada del edificio de enfrente, ilumina toda la calle.

Mi mente buscó desesperadamente alguien sobre el que hacer recaer la culpa de que todo estuviera en tinieblas. Extraña habilidad que tenemos todos de siempre querer culpabilizar de lo que sucede a alguien o a algo, en lo que nos incluimos nosotros mismos, como si con eso el problema que nos acucia pudiera solucionarse en el momento de señalar con el dedo. Si en lugar de perder el tiempo acriminando lo que se tercie nos diera por ser más resolutivos, tal vez ganaríamos un poco más.

La farola estaba apagada, sin más, y la calle oscura, también sin más. ¿Podía por mí misma hacer que la luz volviera a la calle? No, no estaba en mi mano. Probablemente la falta de iluminación sería un presagio para los vecinos de mi calle sobre cómo el día trascurriría más cerca del negro que del blanco.

El negro es un color que huele a muerto, sabe a misterio y rezuma elegancia. Dicen que es la nada personificada, pero es mentira. La traición es negra como el abismo, y la alevosía dista mucho de ser nada. Los ojos que tan bien conozco y tanto amo son negros, nada tienen de desleales, puede que tenga que ver el blanco que los rodea.

El blanco inmaculado de la pureza siempre me recuerda a mi abuela:

-Niña, tú sabrás lo que haces, pero las mujeres han de mantenerse castas y puras, que así es como los hombres las prefieren.

Con los años descubrí que la pobre infeliz no era más que una beata hipócrita de misal sobre la falda y fusta bien escondida tras su espalda. Mujer de lengua larga y afilada, cuya boca era dada a hacer trajes de ésos que destrozan honras y levantan infamias por envidia.

Ella, que se creía con derecho a impartir moralina sobre la virginidad de las mujeres, no había llegado doncella al tálamo nupcial, salvo que en aquella época las gestaciones estuvieran en torno a las dieciséis semanas.

Esta doble vida que llevaba de mujer pía de misa de ocho para esconder que fuera del templo no era más que una mercenaria farisea nunca he sabido si era un perversidad o una genialidad. ¿La sociedad en la que creció la hizo así, o ella se hizo así para sobrevivir? Nunca lo sabré, pero no es una cuestión que me quite el sueño.

Lo que sí es cierto es que para controlar los impulsos pasionales del sexo, y someter con ello a las mujeres, a algún tarado descerebrado se le ocurrió la genialidad de pintarnos a todas de blanco. ¡Ay! Cuánto hubiéramos ganado si en lugar de lucir permanentemente de inocente blanco nos hubiera envuelto en tules carmesís.

De rojo se pinta una los labios cuando quiere ponerse el mundo por montera, pero para ser la dueña del mismo solo hay que añadir al conjunto unos zapatos de tacón de aguja. Tengo yo mis dudas si mejor de color bermellón o negros, porque la mezcla de la pasión del primero y la sensualidad del segundo encarna la perfección un fatalismo que vayas por donde vayas triunfa.

Detrás del cristal de mi ventana solo hay la oscuridad de las tinieblas y no me gusta. Miro hacía la cama, donde hace un momento creí iba a ser devorada por un ataque de chinches y pienso:

-Abuela, si me estás viendo desde el más allá, que seguro lo estás haciendo, escandalízate con las intenciones de tu nieta.

Voy a sumergir unos ojos negros como el carbón en un baño de rojo pasión, bajo unas sábanas verde agua con tintes de amarillo limón mientras el cielo que veo por la ventana se tiñe de azul.

Galiana

 

 

 

 

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2 respuestas a Neuronas de colores

  1. Maravilloso relato. Chapeau!!!

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