Ella y él

ella y él 2 pequeñaElla llegó a casa como todos los lunes, miércoles y viernes pasadas las nueve de la noche. Son los días en que después del trabajo vuelve a casa con la bolsa del gimnasio al hombro.

Él había hecho una cena frugal, de ésas que apenas si hay que cocinar. Le gusta estar entre fogones, pero eso lo reserva para los martes y jueves que acude a un taller de cocina creativa.

Cenaron casi en silencio, sin apenas intercambiar más de dos frases. Hace tiempo que el temor a decir algo que pueda ser un conato de “guerra” hace que la conversación gire acerca del tiempo, de alguna invitación familiar inexcusable para el fin de semana y poco más.

Una vez recogida la mesa y la cocina entre los dos, con la única música de fondo del ruido de los platos y el correr del agua del grifo al fregarlos, se sientan cada uno en un sofá delante del televisor. Lejos quedan los tiempos en que ella se tumbaba sobre las piernas de él con la peregrina excusa que así no necesitaba usar las gafas, y bromeaban sobre la inutilidad de tener dos sofás.

Él es el encargado de utilizar el mando de la televisión, desde el principio ella le dio esa responsabilidad porque siempre fue el más televisivo de los dos. Cambia de un canal a otro, aparentemente busca algo que ver, pero lo único que deja más de treinta segundos son los anuncios de publicidad. Quiere que pase el tiempo, que el reloj marque las doce para sugerir irse a la cama.

Ella tiene un libro entre las manos. En apariencia lee, pero no es cierto. Lleva más de una hora sin pasar la página, y eso que esta vez ha tenido cuidado y ha colocado el libro del derecho, que la otra noche después de llevar más de treinta minutos en la misma postura se fijó en que lo tenía del revés, afortunadamente él ni se dio cuenta.

Hora de irse a la cama. Ambos saltan del sofá como si de repente allí hubiera muelles o resortes que les impulsaran a hacerlo de forma invariable cuando el reloj de la sala da las doce.

Antes compartían el baño, se peleaban por usar el lavabo para cepillarse los dientes. Él, un domingo hace un par de meses, se llevó sus cosas al baño del pasillo, ella no dijo nada, tal vez no había nada que decir.

Se meten en la cama cada uno por un lado de la misma. Se dan educadamente las buenas noches. Ella apaga la luz, él la coge de la mano, lo ha hecho en los últimos cinco años y es algo que repite como una costumbre de la que cuesta deshacerse.

Ella, en la oscuridad de la noche sonríe porque se sabe ajena a las miradas de él. Se le ilumina el rostro al pensar en otro hombre. Uno que conoció en el gimnasio a principios de año, cuando tras las navidades decidió mantenerse en forma y acudir allí. Todos los años de forma invariable el dos de enero pagaba la cuota trimestral del gimnasio, pero no llegaba ni a marzo, este año tampoco. Tres días en semana al salir del trabajo, a pesar de seguir abonando la mensualidad, de salir de casa con la bolsa preparada, de deshacerla ante el cesto de la ropa sucia para echar a lavar ropa que nunca ha sido usada, va a casa del monitor que conoció allí en enero. Cada vez le cuesta más volver a casa y no decir la verdad. Cada noche, al salir de la otra casa se dice a sí misma que es el día que debe enfrentarse a la verdad, decir lo que está pasando, pero calla. Enmudece en cuanto mete la llave en la cerradura, es mejor así, o tal vez no lo sea, pero de momento sí. Confesar que tiene por amante a su profesor de gimnasio no es fácil. Él antes iba a recogerla y le conoció, alguna cerveza en el bar de la esquina han tomado juntos los tres algún que otro miércoles de fútbol.

Él siente que la oscuridad de la noche es su aliada, que puede dejar de jugar a ser el compañero perfecto porque realmente nunca lo fue. Cuando la conoció en la boda de su hermano menor pensó que había valido la pena las dudas por las que había transcurrido desde la adolescencia, ese sí pero no, ese buscar donde pertenecer, donde encajar, donde ser sin aparentar. Transcurridos tres años desde que decidieran vivir juntos supo que no, que no podía suprimir una parte de su vida como si tal cosa. Empezó a dejar que su imaginación volará en los momentos claves y con eso se conformó, pero nunca abandonó la idea de volver a ser el que realmente es. Una noche, por casualidad, conoció a alguien que le hizo entender que se puede tener todo lo que uno quiere sin necesidad de eliminar lo que nos convierte en quien de verdad somos. Le costó dar el paso, recuperar su vida, pero se lo puso tan fácil, tan sumamente fácil. Se ve con el profesor de gimnasia de su mujer los martes y jueves, mientras asiste a un curso de cocina creativa inexistente.

Galiana

 

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Acerca de Galiana

Escritora
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9 respuestas a Ella y él

  1. María dijo:

    Sorprendente, sorprendente final No me lo olí ni un poco ! Enhorabuena !

  2. perlita1 dijo:

    Muy buena historia, y yo creo que no es poco usual…

  3. Wescebú dijo:

    Gran Final Jis Jis Jis

  4. Maravilloso, Galiana. Sublime. Evocador, triste, cotidiano, vital….nostálgico. Un diez. Eres una escritoria que nunca quiero dejar de leer. Un abrazo muy grande.

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