La foto

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De toda mi etapa como universitario, allá por principio de los ochenta, tan solo haría desaparecer el tiempo que fue desde el día en que llegué al colegio mayor con mis dieciocho años recién cumplidos, y los dos meses siguientes en los cuales como manda la tradición fui un novato. Los veteranos no nos dejaban a sol ni a sombra, con lo que como el resto de compañeros de promoción pasaba el menor tiempo posible entre aquellas paredes para poder estar a salvo de sus múltiples barbaridades.

Tan cansado estaba de hacer flexiones, lamer botas, y cuadrarme como si fuera un militar que una mañana decidí no ir a comer y después de las clases perderme con la cámara de fotos por el Retiro.

Retratar flores, árboles, bancos, hacía que olvidase por un rato el pensar en las humillaciones a las que me vería sometido a la hora de la cena y antes de irme a dormir. La belleza del Palacio de Cristal, la calma del lago, las risas de los improvisados remeros de sus barcas me hacían sonreír. Los juegos de los malabaristas, las notas de los músicos desconocidos, la quietud de los mimos enseñando su arte para llamar la atención de algún cazatalentos, pasaron a formar parte del carrete.

Me senté en un banco a cambiar el mismo aprovechando la oscuridad del interior de la mochila. Frente a mí una mujer vestida con una túnica azul y un turbante en la cabeza, tenía una especie de puesto con un mantel con una enorme luna llena dibujada en el frontal del tenderete; por algunas monedas leía el porvenir, no me acerqué porque el mío ya lo sabía: acabaría el día ridiculizado por algún veterano abusón.

Ya había colocado el nuevo carrete en la cámara. Me disponía a tirarle un par de fotos a la adivinadora del futuro, o al listillo que robaba la cartera de cuantos incautos se acercaba a la mesa de la luna, cuando la vi pasar detrás de aquel tenderete de timadores de medio pelo.

Ella parecía algo mayor que yo, pero no mucho, a lo sumo un par de años. Quizá me llamó la atención porque uno aún todavía llevaba el olor de provinciano pegado al cuerpo y no estaba acostumbrado a ver mujeres con tacones de agujar, medias finas y falda estrecha pasear por un parque, salvo que se dedicaran a la prostitución, y ella de meretriz no tenía nada en absoluto.

Un extraño impulso me hizo seguirla, a cierta distancia eso sí, que lo de molestar nunca me ha gustado. Caminaba erguida sobre aquellos tacones con clase, como si estuviera acostumbrada a hacerlo. Llevaba el pelo recogido en una cola de caballo que le llegaba por los hombros, y se movía según su caminar. Contoneaba la cintura como si estuviera desfilando en una pasarela. Estaba tan idiotizado por aquella mujer que cuando quise darme cuenta estábamos fuera de El Retiro. Habíamos llegado a un puente junto al Manzanares, en ese momento no supe cual, mi desconocimiento de Madrid por aquel entonces era tremendo.

Ella se sentó con las piernas sobre la barandilla de piedra del puente. Apoyó una mano detrás mientras con la otra se sujetaba el borde de la falda, cuya tela era tan fina que se escurría dejando al descubierto la parte superior de las piernas, cosa que evidentemente no quería que sucediera.

Saqué la cámara de la mochila. Le coloqué el teleobjetivo y desde el otro lado de la calle, escondido tras unos coches que había aparcados, le hice fotografías hasta quedarme sin carrete. Después estuve mirándola durante un buen rato. Tenía la mirada triste, y en un momento dado gracias a la lente de aumento vi que empezaba a llorar. El rímel se le corrió por el rostro, lástima de haber agotado los carretes, las imágenes que ahora podía tener de aquella mujer eran mucho más bellas que las tomadas.

Dudé si acercarme y consolarla, pero ¿quién era yo para hacer tal cosa? Además, si se asustaba podía caer por el otro lado del pretil al agua dado que la forma en que estaba sentada era peligrosa.

La tarde estaba cayendo. Ella se secó la cara con la manga del jersey negro que llevaba. Se bajó de la barandilla, le hizo la señal de parada a un taxi, se subió al miso y se alejó por la carretera.

Yo regresé como pude al colegio mayor porque no sabía ni donde estaba. Fui derecho al laboratorio de imagen que teníamos allí, por fortuna para mí estaba libre. Revelé el carrete que llevaba en la máquina, solo quería ver las imágenes de aquella misteriosa mujer.

Llegué a mi cuarto sin darme cuenta que me había saltado la cena. Esparcí sobre la mesa las fotografías. Sin lugar a dudas era una mujer bellísima, tan desconocida como triste. Absorto en ella estaba cuando entraron los veteranos y me obligaron a cuadrarme ante ellos, como si aquello fuera un cuartel militar, ellos los mandos y yo un recluta. Iban a mandarme no sé qué cuando uno de ellos reparó en las fotos sobre la mesa.

-Novato, ¿quién te ha dado estas fotos? – me preguntó con tono autoritario.

-Se las he hecho esta misma tarde a una chica en el río. – Contesté lleno de temor.

Los demás empezaron a reírse, como si yo fuera un inútil que no supiera usar una cámara de fotos. El más veterano mando callar con la mano y me espetó:

-Para que nos creamos que las has hecho tú, tienes que enseñarnos una prueba.

Les mostré los negativos. Me requisaron las fotos y el resto del material. Se marcharon dando gritos como si hubieran obtenido un tesoro de incalculable valor.

Días después descubrí que la chica de las fotos era una cotizada modelo, de ésas que solo salen en las revistas de moda para mujeres. Como ninguno me devolvió los negativos ni las fotos, jamás volví a tenerlas. Podía contemplar mi obra cuando entraba en el cuarto de alguno de los veteranos ya que a tamaño poster y claveteada con chinchetas en la pared estaba ella, la desconocida de la mirada triste que un día seguí desde El Retiro al Manzanares. Las fotos rotaron por diferentes cuartos al menos los cinco años que tardé en acabar mis estudios universitarios, y eran veneradas por los nuevos novatos un año tras otro.

Una vez dejé el colegio mayor y se me terminó la vida universitaria ni volví a pensar en aquella chica, hasta esta mañana en la que cambiando algunos libros de una estantería a otro uno de ellos se me cayó de las manos al suelo. Al recogerlo de entre sus hojas salió una foto. La imagen era la de las piernas de aquella famosa modelo que retraté de forma clandestina. Modelo que meses después de haberla fotografiado fue encontrada muerta en la suite de un hotel de París de una sobredosis.

Galiana

La fotografía que ilustra el relato fue realizada en otoño de 1987 por Antonio Castañeda

 

 

 

 

 

 

 

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Acerca de Galiana

Escritora
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5 respuestas a La foto

  1. Pingback: La foto – Manuel Aguilar

  2. Guillermo dijo:

    Que recuerdos aquellos del “Jhonny” Has retratado una época fantástica, fantástica ya desde la distancia, porque efectivamente había entonces que ingeniárselas como pudieras para evitar las novatadas.

    Chapó Galiana

  3. Que gran relato, amiga Galiana, espléndido.

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