El espejo del ascensor

el espejo del ascensor amarillos pequeña¿Quién fue el lumbreras que decidió poner espejos en el interior de los ascensores? No lo sé, pero podría haberse ahorrado tal abominación. Llevo años, unos treinta, subiendo a mi despacho de investigador privado en este edificio y hasta hoy no me había dado cuenta que tuviéramos uno. El ascensor no suelo utilizarlo mucho, la verdad sea dicha, salvo cuando traigo a alguna mujer. En el fondo del mismo hay un cuarto con baño incorporado, que hace las veces de dormitorio.

No tengo una casa, ¿para qué?, con el despacho me basta y me sobra. La mayor parte del tiempo la paso en la calle, ¿alguien conoce un investigador privado que no salga de su oficina? Esta profesión es lo que tiene, la calle es tu casa. El café en el bar de abajo está bueno, y me lo ponen a cualquier hora. La camarera la cambian cada cierto tiempo, la paga es mala y el jefe un frustrado mal encarado insoportable, pero que me pone algo de comer aunque no pueda pagarle.

Los investigadores privados en asuntos de dinero estamos siempre a verlas venir. Los clientes nos contratan para averiguar verdades que sospechan y, claro, cuando les confirmamos lo que realmente no quieren saber, se largan sin abonar la factura alegando que bastante tienen con lo que tienen. Para curarme en salud les pido un adelanto de lo que les digo son la mitad de mis honorarios, cuando en realidad es el completo. Uno que va a aprendiendo más por viejo que por diablo.

Viejo lo que se dice un viejo no soy, pero curtido en la profesión, mucho. Recuerdo cuando heredé de mi padre el piso y lo acondicioné, con dinero que mi madre me prestó y que nunca le devolví. El salón es la oficina, una mano de pintura que le dio el portero de la finca, un tipo amable, servicial como pocos y conocedor junto a su mujer de todo lo que sucede en la calle. Como informadores valen su peso en oro, pero como porteros dejan mucho que desear. El tipo pintó el despacho aquella vez, y hasta hoy, con lo que el blanco ahora es gris, y los desconchones de las paredes son más que notables, siempre me está pidiendo permiso para darle otra manita, pero yo le digo que para qué, que así está bien. Su mujer mantiene limpio y acondicionado el lugar, o medio limpio, que alguna cucaracha he tenido que aplastar contra el suelo del pasillo. Su falta de pulcritud la compensa con creces, llegar reventado y ver que te han dejado un plato con cena sobre los expedientes es de agradecer, lo mismo que notar que alguien ha ventilado y vaciado los ceniceros atestados de colillas, te ha hecho la cama, y ha dejado olor a lejía en el baño. Siempre que puedo deslizo un sobre con algo de dinero bajo la puerta de la portería a modo de agradecimiento, con lo que pago sus servicios y compro su lealtad más que de sobra.

Hoy el ascensor sube con cierta lentitud, voy solo, y es por lo que he reparado en el espejo. Me estoy dando cuenta que la gabardina, pasada de moda hace no sé cuántos años necesita con urgencia que la lleve a la tintorería, pero hoy no va a ser ese día. La gabardina tal y como está refleja lo que soy, un lobo solitario, que ha entrado en la madurez a golpe de cigarrillos y alcohol.

Bebo lo que acostumbra el personal en mi profesión, quizá algo más, pero… ¡qué carajo! no le hago mal más que a mi hígado, el que por cierto en este momento tiene un problema bastante grave que solucionar. Soy bebedor de whisky, del barato que la economía no da para tanto dispendio. En el bar de abajo me lo sirven tras el café, sea la hora que sea y no me lo cobran. En casa coincidiendo con las navidades aparece una botella sobre la mesa, entre los papeles, que los porteros dejan porque aparte de mí solo ellos tienen llave.

En este oficio el beber y el fumar es algo que va implícito. Son dos vicios que sirven para pasar el trago de según qué cosas. Agradable no es seguir a un tipo que engaña a su mujer, y que ésta te pague por demostrar que sus sospechas son ciertas. Tampoco es fácil ver el cadáver de una joven en el depósito, tener que confirmarle a un padre que su hija yace allí porque se dedicaba al oficio más viejo del mundo para poder pagar sus adiciones a determinadas sustancias. El alcohol y el tabaco ayudan a sobrellevar los casos que nunca se pueden cerrar, porque ésos son los que más abundan en nuestros archivos. Somos la última oportunidad, tras la policía, de cerrarlos, pero desgraciadamente no siempre podemos hacerlo.

Los casos no resueltos son los que de verdad me quitan el sueño. Me han terminado por agriar el carácter, aunque debo reconocer que el mérito no es suyo porque ya venía de fábrica. Es verdad que aceptar que no puedes resolver un caso es frustrante, y acabas por convertirte en un cínico, pesimista, de mirada fría y distante, tanto o más que el corazón.

Con un corazón tan endurecido la idea de tener una pareja estable es absurda. Una vez intenté tener una relación seria y formal con una mujer, fue tal el desastre que se me quitaron las ganas de repetir. Por el colchón del cuarto han pasado varías, que uno tiene su aquel con las féminas. El asunto no pasa de una noche, a lo sumo dos, que a la tercera empiezan con el consabido podrías poner una nevera en la cocina y eso suena a algo para lo que no estoy preparado.

Para este oficio no te prepara nadie, ni tampoco vas a una academia donde te enseñen el mismo. No somos policías, es más, a éstos no les gustamos absolutamente nada. Nos consideran unos segundones que tan solo vamos buscando la fama que les corresponde a ellos, por mi parte que se la queden toda, que lo de lucir “medallas” en el pecho no va conmigo.

Este ascensor sube muy despacio o a mí me lo está pareciendo. El espejo me devuelve la imagen de mi mano apretando el vientre. La portera va a enfadarse conmigo, he manchado el portal, el descansillo y el ascensor de sangre. Estaba en el bar de abajo tomando el whisky habitual antes de dar por concluida la jornada cuando un tipo, al que no vi venir, me clavó un puñal en el vientre. El hígado lo tengo reventado, pero no estoy dispuesto a terminar desangrado sobre la acera, uno es detective privado, pero por encima de todo es persona y quiero morirme en mi cama que es donde se muere la gente decente, aunque es cierto que de decente tengo más bien poco.

El ascensor por fin se detiene en la planta correspondiente. Salgo al rellano. La puerta del despacho está abierta, no son horas para que los porteros anden haciendo reparaciones, ni limpiando. Entré cómo se tiene que entrar en estos casos. Sentado en mi mesa está el dueño del bar con una enorme sonrisa. No le preguntó a que ha venido porque bien lo sé. Mi memoria reciente me hace reparar en que no estaba detrás de la barra esta noche, en que la puerta de la portería estaba abierta cuando debería llevar horas cerrada. No le preguntó qué hace allí, disparo mi arma antes que diga él nada. El tiro le da en la cabeza, en mitad de la frente. Voy a mi cuarto, me tumbo en la cama. Sobre la mesita un vaso de whisky a medio vaciar desde ayer. Me lo bebo. Pienso en la rubia que las últimas noches alivia mis penas en este mismo lugar. Echo de menos un cigarrillo, sé que si aparto mi mano del vientre las tripas se saldrán del cuerpo.

¡Qué carajo! el dueño del bar tenía razones sobradas para ordenar que me mandaran al otro barrio. El tipo le ha echado agallas al asunto. La rubia que pasaba últimamente por esta cama era su hija, con la mayoría de edad recién estrenada y la virginidad perdida ni se sabe cuándo. Pienso en los porteros, en la mala suerte que han tenido, no se merecían acabar así sus días, eran gente leal. Cierro los ojos…

Galiana

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6 respuestas a El espejo del ascensor

  1. Este relato me gusta especialmente y sabes muy bien porqué. Sí, efectivamente es muy cinematográfico, solo faltan determinados olores…

  2. Pingback: El espejo del ascensor – Manuel Aguilar

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