Mentiras

Desde niños perdemos la inocencia a base de golpes. Recibimos tantos que aprendemos, y si no lo hacemos, peor para nosotros, a protegernos de todo aquello que supone o creemos nos amenaza. Ésta suele aparecer en la mayoría de los casos por la misma vía, la de los sentimientos.

Alguien, no recuerdo quien fue, dijo una vez que sentir es sufrir, que sufrir es vivir, y que para sufrir hemos venido al mundo. Muy optimista la persona que lo dijo no parecía ser, es más, se me antoja que podría clasificarla de tóxica, pero de todo tiene que haber.

Si uno se detiene un instante, logra abstraerse de todo lo que no sea el raciocinio, puede llegar a analizar que la ira, los celos, la desconfianza, la amargura, el fracaso, el odio, la alegría, e incluso el amor afectan a nuestra forma de ser, nos modifican el carácter hasta el punto de terminar por causarnos daños de consideración que en ocasiones llegan a ser irreparables.

Ante este tipo de sentimientos que nos llegan por la mano del resto de seres humanos, o que simplemente somos capaces de producir por nosotros mismos en determinadas circunstancias, tenemos la imperiosa necesidad de protegernos. Nos escondemos detrás de una pantalla que se supone es capaz de evitar que nuestras emociones se vean alteradas por sentimientos que no deseamos experimentar en nuestras carnes. Ese escudo no es otro que la mentira.

Mentimos para minimizar los daños colaterales ante situaciones no deseadas, y nos aferramos a esa falacia como si nos fuera la vida en ello. Sobre las consecuencias que nuestra falta de sinceridad pueda provocar en otros e incluso en nosotros mismos ya nos ocuparemos más adelante, el caso es salir del paso con cierta dignidad y a ser posible habiendo minimizado la avería lo más posible.

La primera vez que contamos una mentira puede que nadie se dé cuenta de la misma, pero nos obligará a tenerla presente para no ser pillados en ella, lo que nos hará inventar una nueva patraña que tapará la anterior. Así sucesivamente iremos cayendo en una espiral de falsedades que terminarán por convertir nuestras vidas en una caricatura de nosotros mismos.

Hay quienes dominan con increíble maestría el arte de las mentiras, es más, nadie nota jamás que son personas mentirosas compulsivas, hasta el día en que todo se derrumba como un castillo de naipes. Entonces llega la fase de tratar de limpiar su nombre, y por mucho que se esfuercen jamás lo consiguen, siempre vendrá alguien a recordarles su pasado en la creencia que tiene autoridad moral para hacerlo.

Ése alguien que gusta desenmascarar a quienes tratan de enmendar sus errores, no es sino un pecador más porque, no nos engañemos, en esto de mentir nadie está libre de pecado.

La cuestión de ir por la vida de mentira en mentira, como si del Juego de la Oca se tratase, no es que tengamos que esforzarnos en hacer que el resto de las personas que nos rodean nos crean, sino que somos tan sumamente imbéciles que terminamos por creernos nuestras propias patrañas.

Tanto nos las creemos que seríamos capaces de pasar la prueba del polígrafo sin problema alguno. En ese caso habríamos llegado a ese punto en el que no sabemos distinguir lo que es cierto de lo que no, asumimos como verdades aquello no fueron más que falacias inventadas en un momento determinado para escapar por la puerta de atrás de una situación comprometida.

Una vez que llegamos al punto de asumir nuestras propias mentiras como verdades incuestionables estamos en un punto sin retorno que nos irá corroyendo lentamente de dentro a fuera. Empezaremos a pensar que el mundo se ha confabulado contra nosotros, lo que nos llevará a vivir situaciones absurdas, ridículas e insostenibles en el tiempo.

Este tipo de desatinos concatenados, y dado que vivimos en una sociedad a la que le gusta etiquetar a las personas, hará que nos tomen por personas fantasiosas en el mejor de los casos, o como locos de atar si la cosa pasa a mayores. ¡Qué atrocidad confundir a un mentiroso con un imaginativo o un loco!

Un fantasioso es aquel que cuenta los hechos que le toca vivir de tal modo en que sin decir una sola mentira nadie sale perjudicado del trance. Gusta de repartir medallas a diestro y siniestro, incluido él mismo. Todo lo que de su boca sale tiene finales felices por mucho drama que le ponga a la historia que nos cuente.

Un orate es un enfermo mental, incapaz de distinguir la realidad. Bastante tiene con asumir que el mundo no es como cree que es, como para perder el tiempo con embustes que no van a ninguna parte.

Eliminados los imaginativos y los locos como hacedores de mentiras, nos queda el resto de los humanos.

Somos capaces de mentir por la nimiedad más grande para llamar la atención de quien queremos llamarla; de engañar a quien no se lo merece por simple diversión, por venganza, por hipocresía, por fanatismo, por miles de razones. Siempre hay una causa que justifica nuestro deplorable comportamiento.

Las mentiras tienen la atracción fatal de pensar en lo que va a suceder si somos descubiertos en un renuncio. Son una adrenalina que necesitamos para mantenernos con vida, una droga que una vez la pruebas es complicado alejarse de la misma.

Este afán por mentir a los demás, por mentirnos a nosotros mismos nos llega a construir relaciones personales, incluidas las sentimentales, sobre la nada, de tal manera que cuando la verdad queda expuesta solo somos capaces de organizarlo de algún modo para que el otro quede como un auténtico truhan al que la sociedad necesita embrear y cubrir de plumas para purgar sus faltas, y tú como un pobre infeliz que nunca fue consciente de lo que sucedía cuando realmente eres tan urdidor como el que más.

Mentiras, mentiras y más mentiras es lo que hacemos a lo largo del día.

Nos volvemos tan expertos en ellas que anoche fui capaz de acudir a las urgencias de un hospital tras mi ruptura sentimental. El médico que me atendió en un primer momento me diagnosticó una angina de pecho, cosa que el electrocardiograma desmintió con rotundidad. Me mandaron a casa con una pastilla bajo la lengua, y un informe sobre un ataque de ansiedad sin que el paciente definiera que lo había causado. No estaba yo por la labor de contar que mi novia, a la que había estado engañando de todas las maneras posibles durante los muchos años que duro nuestra relación, había descubierto que no soy un tipo de fiar y se había largado sin más.

Al llegar a casa y ver que estaba solo, miré el informe médico y pensé:

-Tengo que aprender el mecanismo para engañar a las máquinas, o acabaran por descubrir lo que soy.

Galiana

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Acerca de Galiana

Escritora
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22 respuestas a Mentiras

  1. Espectacular, y tan real como la vida misma.
    Que nos metan en el grupo de los locos. Besazos enormes

  2. Fermín dijo:

    Empezar por una mentira pequeña, insignificante, e ir construyendo todo un mundo a su alrededor para enmascararla convenientemente, es lo que algunos seres espabilados han dado en llamar escribir una novela. Los demás nos conformamos con que no nos pillen.
    Disfruta del día

  3. Yo siempre he mentido.
    Lo siento…me he equivocado…no lo volveré a hacer.
    Pues, eso.

  4. Pingback: Mentiras – Manuel Aguilar

  5. Hay bellas mentiras como la que le suplica Joan Crawford a Sterling Hayden en Johnny Guitar. Siempre quise que me mintieran así.

  6. Pues con lo mentiroso que yo soy no sé si decirte que me ha gustado o lo contrario.

  7. María dijo:

    Jo. Que buena crítica

  8. gemitax1 dijo:

    La mentira tiene su arte, y hay que ser artista para hacerlo bien. Jo, a mí siempre me pillan. Tendré que practicar más, porque ya tengo visto que mentir tiene muchas ventajas en la vida. Un abrazo, Galiana.

  9. torpeyvago dijo:

    Prólogo largo, pero interesante, necesario, imprescindible para llevarte hasta el sopapo final. Contundente y brutal.
    Sólo un comentario: los vagos inteligentes —sí, qué pasa, me tengo por ambas cosas: lo primero lo sé, lo segundo… bueno, es que no tengo abuelas 😛 —, los vagos inteligentes, decía, mentimos menos. Las mentiras dan trabajo.

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