En el nombre del caos

Nos gusta el caos, el riesgo, las situaciones adversas, las complicadas, lo estruendoso, lo sucio, lo que huele y sabe a desequilibrio emocional.

No, no es cierto que deseemos vivir en la tranquilidad, ni que tengamos carnet de socio preferente de la mesura. Tampoco es verdad que nos apasionen las líneas rectas cuando lo que nos apasionan son las curvas y cuando más sinuosas y cerradas tanto mejor.

Los días soleados nos atrapan, tienen ese algo especial, pero adoramos meternos en todos los charcos a pesar de odiar por sistema la lluvia y de sentirnos aterrorizados cuando llega la tormenta. Sea por el ensordecedor ruido de los truenos o por la luminosidad fugaz de los rayos, el cuerpo entra en una parálisis momentánea de la que salimos huyendo de forma instintiva.

Los instintos nos controlan más de lo que estamos dispuestos a reconocer. Son los que nos arrastran al peligro, nos obligan a dejarnos la cabeza en casa y a caer en la cuenta de ello cuando es demasiado tarde.

Tarde para admitir que somos un cúmulo de imperfecciones perfectamente orquestadas que de vez en cuando desafinan. Lo hacemos siempre en el instante más incomodo, en el más inoportuno, cuando hemos logrado captar la atención de quienes nos rodean. La desesperación ante un momento así nos lleva a cometer errores o a pensar en que tampoco es tan trascendental haber cometido una falla. Es entonces cuando recurrimos al surrealismo de lo absurdo para salir de una situación que creíamos adversa, que realmente hubiéramos podido solucionar sin tanto alarde de estupidez.

Cometemos estupideces de forma reiterada y repetitiva. Entre ellas está la de tener adicción por romper esquemas, por saltarnos nuestras propias reglas, por manipular la brújula hasta hacer que nos conduzca hacia lugares que poco o nada tiene que ver con el norte.

El norte, el desnorte, bandazos que consiguen giremos con el mundo o contra el mismo. Sí salimos victoriosos alzamos los brazos mostrando el triunfo a todo aquel que quiera verlo, en caso contrario… En caso contrario culpamos de todo al viento que sopló de poniente cuando debía hacerlo de levante y nos llevó a la confusión del siroco cuyo rumbo estaba orientado a ninguna parte.

El rumbo al que le damos la calificación de prioritario no es más que una dirección sin más que en la mayoría de las ocasiones nos aparta de la luz. Ésa que las nubes tienen la extraña manía de querer ocultar con fantasías oníricas, que no pasan de sueños capaces de trasmutar en pesadillas a poco que nos pongamos a ello.

Soñar es cosa de locos, porque para sentirse transportado a un lugar donde nunca estaremos por falta de tiempo o ambición hay que haber dejado la cordura escondida en el interior de un baúl del que hemos olvidado, a propósito y con algo de suerte, la combinación de la cerradura.

La suerte, el destino o cómo queramos llamarlo, son como los movimientos de la marea provocados por una luna caprichosa, mudante, casquivana, altanera y descontrolada. Un descontrol periódicamente previsible, con una exactitud que abruma y necesaria para regalarnos el don de la fortuna en el preciso momento en el que habíamos abandonado la obsesión por encontrarla.

Obsesiones. Nos movemos entre ellas como peces en el agua, sin ser conscientes que nos dominan hasta someternos al yugo del tacón de aguja que nos oprime la cabeza y el corazón.

Debatimos entre razón o sinrazón y entre alguna cosa más que no terminamos de entender. En una especie de querer relacionarlo todo intrínsecamente con los sentimientos como el amor, el odio, el desengaño, la alegría o la armonía hasta convertirnos en lo que somos.

¿Qué somos? Por mucho que creamos lo contrario no pasamos de vulgares seres en constante evolución, ¿o era involución? no lo recuerdo bien. No es necesario pararnos en este punto cuando de lo que se trata es de afrontar la vida como una página en blanco que pide a gritos ser, por lo menos, emborronada, para destrozar sin contemplaciones la inmaculada virginidad de la misma hasta hacer añicos la inocencia de lo que nos rodea, de tal manera que volvamos al principio de todo, es decir, a nuestra desmesura por el caos y todo lo que del mismo se deriva.

Galiana

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